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La mala idea del príncipe azul

Hace unos días tuve una conversación con una amiga en la que me comentaba lo decepcionada que estaba con ella misma por haber elegido como esposo a un hombre que, aunque de afuera pareciera un buen partido, en el día a día no era el tipo de hombre con el que ella había soñado estar casada. Pasé dos horas sentada escuchado sus quejas de cómo su esposo hacia cosas que la sacaban de quicio o simplemente no hacia las cosas, ni tenia detalles que para ella eran primordiales.

Salí de aquel café pensando en que a pesar de que me hubiera gustado ponerme del lado de mi amiga y ofrecerle un hombro en el cual pudiera desahogarse, en realidad me era muy fácil ver que el 50% de la responsabilidad de que su relación no fuera como la soñó, era suya! Ella esperaba que su esposo fuera este hombre que cumpliera a cabalidad con la lista de atributos físicos y emocionales que ella había ido creando en su mente desde joven, de manera que esto lo hiciera el hombre ideal para ella y el calificado para hacerla feliz.

¿Logran identificar lo absurdo de esa última frase?

Me atrevo a decir que todas en algún momento de nuestras vidas hemos llegado a poner nuestra felicidad en el hecho de encontrar a ese príncipe azul que por obra y gracia celestial va a saber hacer, decir y actuar exactamente como lo soñamos. Tampoco pedimos tanto, ¿verdad? Simplemente un hombre dulce, cariñoso, amoroso con su familia y la nuestra, un ejemplo a seguir para nuestros hijos, responsable, trabajador, educado, inteligente, honesto, buen amigo y buen amante, que nos haga reír, que con detalles nos haga sentir la mujer más importante de su vida, que le gusten las mismas cosas que a nosotras, que no quiera andar de fiesta en fiesta con sus amigos, que nos ayude con las responsabilidades del hogar, y que sobre todas las cosas nos sea fiel hoy y siempre.

Y aunque igual que ustedes tuve esa lista memorizada en mi mente por años, me temo decirles que esa es exactamente la raíz del problema de no tener a nuestro lado el hombre que soñamos. Esperamos que nuestra pareja sea un modelo que se ajuste a nosotras, a lo que consideramos que es el ideal de un hombre. Como cuando vamos a una tienda en busca de unos zapatos y esperamos encontrarlos exactamente como los queremos.

Desde niñas nos enseñan a ser como nuestros padres esperan que seamos. Es la mentalidad con la que crecemos, la semilla que nos siembran que hace que ya mayores apliquemos la misma metodología con las personas que conocemos o con las que decidimos compartir nuestras vidas. Ellas deben ser como nosotros queremos que sean. Desde el primer día medimos y señalamos, así sea para nosotras mismas, lo que nos gusta y en especial lo que no nos gusta de aquellas personas. Pero si nos detuviéramos a pensar que esas personas son seres que también están en un proceso de crecimiento y evolución, que tienen una labor en esta vida que va más allá de llenar nuestras expectativas, y que nosotras como sus compañeras de vida podemos aportarles de una manera incalculable a su trabajo interior, tendríamos el poder de convertirnos en su verdadera “otra mitad” en lugar de convertirnos en las juezas que les dictaminan cómo y cuándo hacer las cosas.

Si en lugar de criticar que el hombre con el que estamos no tenga todas las cualidades que esperamos encontrar, nos preocupáramos por conocerlo mejor, por descubrir cómo es realmente, con qué sueña, qué espera de la vida y cómo pueden construir desde mundos individuales un universo en conjunto, la relación se convertiría en un trabajo mutuo y no en una espera o reclamo constante para que él sea lo que esperamos. No intentaríamos construir una relación en base a nuestras necesidades, miedos y carencias en donde es el hombre el responsable de saciarlos para que podamos ser verdaderamente felices (y de paso usemos esto como medida cuánto en realidad nos quiere), sino que nos esforzaríamos por construir una relación partiendo del compromiso mutuo de crear algo en conjunto, esperando que llegue a convertirse en algo aún más grande que la suma de sus partes individuales. Una relación en la cual ambos puedan apoyarse, retroalimentarse, sentirse seguros y con la certeza de que ambas partes logran mucho más juntos que separados.

Los cuentos de princesas nos dieron el mal ejemplo de que el príncipe es perfecto, siempre llega a salvarnos en el momento preciso, sabe siempre qué decir, usualmente nos sorprende con flores y mataría hasta al dragón más terrorífico por nosotras aún antes de que le demos el primer beso. Pero al crecer nos damos cuenta que la realidad es otra. Despertamos en un mundo en el que el príncipe es un ser humano con dudas, miedos, inseguridades, cambios de temperamento y hasta sueños propios, es decir, con la misma cantidad de defectos y virtudes que nosotras. Y en lugar de adoptar la postura salvadora que esperamos de ese príncipe para construir una relación de crecimiento mutuo, inconscientemente decidimos jugar el papel de princesa en peligro, en espera de ser rescatada por su príncipe para poder ser feliz por el resto de su vida. Es así como: al no ver que nuestro príncipe atraviese bosques oscuros ni suba a la torre más alta por vernos felices, nos convertimos en contadoras del corazón, administrando lo que damos en base a lo que recibimos. Y cuando lo que esperamos recibir es mucho más de lo que nos ofrecen nos aseguramos de quejarnos y dejárselos saber, lo cual raras ocasiones termina en “…y fueron felices para siempre”.

Partiendo entonces de esa fuente que somos, como mujeres de amor y luz infinita, las invito a ver sus relaciones como espacios compartidos donde cada uno tiene la misma responsabilidad con el otro. Son más que un “yo quiero” o “yo necesito” caprichoso y unilateral del cual esperamos obtener algo. Pensemos que nuestros príncipes también necesitan en momentos que sus princesas los rescaten. Y que, a medida que fomentemos un ambiente equilibrado en nuestras relaciones, construiremos un “nosotros” constante y sólido que tendrá más oportunidad de ser para siempre.

¡Hasta la próxima, queridas amigas!
#ElBlogDeMaritzaRodriguez

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Cómo mantener la chispa con tu pareja cuando tienes bebés

Al hacernos esta pregunta, pareciera que la respuesta va a cambiar por fin cómo es la relación con tu pareja, pero lo que deberíamos cambiar es nuestra conciencia.  Saber que no necesitamos de algún suceso que nos impulse a buscar métodos, tips, fórmulas o esperar las experiencias de otros para descubrir cuáles serían esas cosas que nos hacen tener una relación fascinante, segura y duradera.

Para mí, la chispa del amor jamás muere y tampoco es algo intermitente, ni mucho menos es algo que hay que esperar a que se acabe para encenderla.

El trabajo está en no dejarla apagar.

La relación que has construido con tu pareja nadie la puede dañar. Solo tú eres la protagonista de lo bueno y lo malo que sucede en tu entorno.

Recuerda: los bebés no son seres que vienen a la vida de pareja a quitarte nada, al contrario vienen a darte mucho.

Tú relación es algo que siempre debes cuidar, alimentar, hacerla crecer y evolucionarla. Así como el año tiene distintas estaciones, cuando estás en una relación tienes que estar preparada para el clima que está por llegar.

Tú como mujer no debes olvidar, por muy moderno que sea el mundo en que vivimos, que la armonía de tu hogar, de tus hijos y de tu pareja es trabajo de la energía femenina, ya que eres la perfecta administradora de las emociones.

Cuando creas en esto, cuando estés completamente convencida que ese es tu rol, tu mérito en esta vida, vas a empezar a disfrutar, a ser la reina de tu hogar, y dejarás de esperar que ese trabajo lo haga el destino o tu pareja, y justo en ese momento es cuando ocurre la magia, porque sentirás que no lo estás haciendo sola, tendrás siempre la asistencia suprema del eterno que te da inspiración, creatividad, paciencia y tolerancia para que el día a día con tu pareja sea especial.
Esa armonía que sale de tu alma se impregnará en tu hogar e inmediatamente la sentirán tus hijos y tu pareja. Estarán tranquilos de tener a la mujer y madre correcta, te verán con admiración, y tú te sentirás plena, importante, valorada y amada.

El amor es una energía continua que no debería ser interrumpida por nada ni por nadie.

Puntos a tener en cuenta:

1. Sé organizada en tus tiempos.

2. Tu energía debe estar al 100% cuando estés con tus hijos y con tu pareja, pero sobre todo contigo misma y siempre sin culpa. 

3. Cada cosa tiene su lugar, sé mujer, esposa y madre cuando corresponda, una no reemplaza a la otra.

4. No te olvides de sonreír y ser auténtica.

¿Qué te pareció? Compárteme tus experiencias después de la llegada de tus hijos y déjame tus comentarios aquí o en mis redes (Twitter, Facebook, Instagram) con el hashtag #ElBlogDeMaritzaRodríguez. ¡Me encanta leerte!

 

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